Maserati: elegancia italiana y carácter deportivo
Ponerte al volante de un Maserati es sentir cómo la ingeniería italiana traduce cada curva en confianza. La dirección comunica, el chasis acompaña y la entrega de potencia se percibe llena de intención, incluso a ritmo tranquilo. Maserati combina tradición y vanguardia con un diseño que habla de lujo sin estridencias. Una marca pensada para quienes buscan distinción y placer de conducción en cada kilómetro.
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¿Qué representa Maserati como marca y qué tipo de conductor atrae?
Maserati es una firma italiana nacida en Módena (1914) y reconocible por el tridente, símbolo de herencia deportiva y diseño artesanal. Atrae a quien busca un gran turismo para viajar rápido y con estilo, más emocional que quirúrgico. Al volante se percibe una puesta a punto de tacto clásico: dirección con peso, chasis comunicativo y una sonoridad trabajada para acompañar cada aceleración.¿Cuál es la historia de Maserati y cómo se nota en sus coches actuales?
Fundada por los hermanos Maserati, la marca creció ligada a la competición y a los grandes turismos de carretera. Esa tradición se nota hoy en proporciones largas, capós generosos y un enfoque de “gran viaje” que prioriza aplomo a alta velocidad. En autopista transmiten estabilidad y confianza, y en carreteras rápidas el coche “respira” con el asfalto, con suspensiones que combinan firmeza y confort.¿Cómo es la experiencia de conducción típica en un Maserati moderno?
Un Maserati suele sentirse contundente desde abajo y elástico cuando estiras las marchas, con aceleraciones progresivas y un empuje que invita a conducir con ritmo. El aislamiento acústico es bueno, pero deja pasar parte del carácter mecánico para que el conductor se sienta implicado. En curva, el balanceo está controlado y el coche se apoya con naturalidad, priorizando fluidez antes que agresividad.¿Qué modelos forman la gama actual de Maserati y qué sensaciones ofrece cada uno?
La gama reciente se articula en Grecale (SUV medio), Levante (SUV grande según mercados), GranTurismo y GranCabrio (GT), MC20 (deportivo central) y Quattroporte/Ghibli en etapa final según país. Grecale aporta posición alta y agilidad urbana; GranTurismo prioriza viajes largos con estabilidad; MC20 es precisión y respuesta inmediata. En todos, el enfoque busca combinar lujo, velocidad utilizable y tacto italiano.¿Qué motores utiliza Maserati y cómo se traducen en sensaciones al volante?
Maserati ha usado V6 y V8 biturbo en distintas generaciones y hoy impulsa una transición hacia electrificación con variantes híbridas y eléctricas (Folgore). En gasolina, el carácter se percibe en la entrega: par sólido, aceleración sin esfuerzo y un sonido afinado para acompañar la subida de vueltas. En eléctrico, la respuesta es instantánea y silenciosa, con empuje continuo que hace fácil adelantar.¿Qué es Maserati Folgore y qué cambia en la conducción?
Folgore es la familia 100% eléctrica de Maserati, orientada a mantener prestaciones altas con una entrega inmediata. En conducción se nota por la ausencia de vibración, la aceleración lineal y la facilidad para modular el ritmo en ciudad. En carretera, el centro de gravedad más bajo por la batería mejora el aplomo y la precisión. La sensación es de empuje “siempre disponible”, especialmente en recuperaciones.¿Qué tal es la calidad interior y el confort en un Maserati?
El interior combina cuero, superficies blandas y detalles de diseño italiano con una puesta en escena elegante. La postura de conducción suele ser baja en los GT y más dominante en los SUV, con buena visibilidad. En marcha, el confort destaca por el aislamiento y la capacidad de “comerse” kilómetros: asientos pensados para trayectos largos, suspensiones adaptativas en muchos casos y una pisada sólida que reduce la fatiga.¿Cómo es el comportamiento en curva frente a marcas alemanas rivales?
Frente a rivales alemanes, Maserati suele apostar por una conducción más emocional y fluida que hiperprecisa. La dirección tiende a ofrecer más sensación de peso y una respuesta progresiva; el chasis busca estabilidad y confianza a velocidad alta. No pretende ser el más rígido ni el más incisivo en todo momento: invita a enlazar curvas con ritmo constante, con un balance entre agarre y comodidad.¿Qué tecnología y sistemas de infoentretenimiento ofrece Maserati?
Los Maserati actuales integran pantallas táctiles, conectividad moderna (Apple CarPlay y Android Auto según modelo/mercado) y asistentes de conducción habituales en el segmento premium. En uso real, destaca la facilidad para gestionar navegación, música y modos de conducción sin distraerte demasiado. Los modos ajustan respuesta del acelerador, cambio y suspensión, permitiendo pasar de un viaje relajado a una conducción más tensa y directa.¿Es Maserati una buena opción para viajar y hacer muchos kilómetros?
Sí, especialmente en GranTurismo y en los SUV, por su enfoque de gran turismo: estabilidad a alta velocidad, buena insonorización y asientos pensados para largas etapas. La conducción se siente “asentada”, con un coche que mantiene la trayectoria con poco esfuerzo del conductor. En adelantamientos, el par disponible reduce la necesidad de planificar. La autonomía y consumo dependen mucho de motor y llanta, conviene configurar con cabeza.¿Qué mantenimiento y fiabilidad se debe esperar en Maserati?
Como marca premium de altas prestaciones, el mantenimiento suele ser más exigente que en generalistas: neumáticos, frenos y revisiones pueden tener coste elevado. La experiencia mejora cuando sigues el plan de servicio y usas recambios adecuados, porque el coche mantiene su tacto fino y su silencio de marcha. La fiabilidad varía por generación y motor; es clave revisar historial, campañas y estado de electrónica en unidades usadas.¿Qué debo revisar al comprar un Maserati de segunda mano?
Prioriza historial completo, facturas y revisiones en servicio especializado. Comprueba estado de suspensión (silentblocks, amortiguadores), frenos, neumáticos y posibles ruidos de transmisión. Revisa funcionamiento de pantallas, sensores y climatización. En prueba dinámica, busca cambios suaves, temperatura estable y ausencia de vibraciones a 120 km/h. Un Maserati bien mantenido se siente redondo: empuja limpio, frena recto y no “flota” en apoyos.¿Por qué elegir Maserati y qué valor emocional aporta?
Maserati aporta una mezcla de tradición italiana, diseño con presencia y una forma de correr que prioriza sensaciones. Más allá de cifras, ofrece un tipo de conducción que acompaña: dirección con carácter, sonido trabajado y un chasis que invita a viajar rápido sin tensión. Es una elección para quien quiere diferenciarse en el segmento premium, disfrutando de un gran turismo que convierte trayectos cotidianos en momentos con intención.Historia de Maserati
Maserati nace en una Italia donde el automóvil todavía olía a taller y a metal recién trabajado, y donde la velocidad era una forma de lenguaje. En 1914, en Bolonia, los hermanos Maserati —Alfieri, Ettore y Ernesto, con el impulso creativo y técnico de una familia entera volcada en la mecánica— fundan Officine Alfieri Maserati. Al principio no construyen coches completos: afinan motores, preparan sistemas de encendido, mejoran el rendimiento de lo que ya existe. Esa etapa, que a ojos de hoy podría parecer “secundaria”, es en realidad la semilla de una manera de entender la conducción: no como simple transporte, sino como respuesta precisa a un deseo de ir más lejos y más rápido con control, con tacto, con nervio. En aquellos años, competir significaba probar cada tornillo en condiciones extremas; y esa mentalidad, la de aprender en la pista para convertirlo en sensaciones al volante, queda pegada a la piel de la marca desde el primer día.La identidad de Maserati se fija pronto con un símbolo que no es un adorno: el tridente. Inspirado en la estatua de Neptuno de la Piazza Maggiore de Bolonia y propuesto por Mario Maserati —el hermano artista—, el emblema resume lo que después se siente conduciendo un Maserati: una mezcla de elegancia italiana y autoridad mecánica, un poder que no necesita elevar la voz para hacerse notar. En la carretera, esa idea se traduce en un tipo de empuje que llega con continuidad, en una entrega de par que parece estirar el asfalto, y en una dirección que busca comunicar, no aislar.
La marca entra en la historia grande del automovilismo con una rapidez que define su carácter. En 1926 aparece el Maserati Tipo 26, el primer coche que lleva el nombre Maserati en la parrilla. Era un coche de carreras con un objetivo claro: ganar. Y ganó, empezando por la Targa Florio en su categoría. Aquellos años no iban de comodidad ni de asistentes electrónicos; iban de leer el terreno con las manos, de sentir el coche moverse con el cuerpo, de convivir con una máquina viva. Esa herencia se percibe todavía en la manera en la que Maserati persigue un equilibrio entre estabilidad y agilidad: el coche no flota, apoya; no se limita a pasar por la curva, la dibuja.
El punto de inflexión emocional llega en 1939 y 1940, cuando Maserati gana las 500 Millas de Indianápolis dos veces seguidas con el 8CTF. Pocas marcas europeas pueden hablar de esa conquista americana con hechos tan contundentes. No es solo un dato de palmarés: es la confirmación de que Maserati entendía la velocidad como resistencia, como precisión mantenida durante cientos de kilómetros, como fiabilidad a alto ritmo. En conducción real, esa filosofía termina convertida en algo que el conductor nota cuando el coche sigue empujando sin perder compostura, cuando la mecánica sostiene el ritmo sin tensión aparente y el chasis transmite una calma que invita a avanzar.
En 1937 la familia vende la compañía al industrial Adolfo Orsi. Maserati se traslada a Módena en 1940, y ese cambio de ciudad no es anecdótico: Módena es un latido del motor italiano, un lugar donde el rendimiento convive con el diseño como una conversación natural. Con Orsi, la marca se estructura para crecer, para fabricar y competir con más recursos. Y, al mismo tiempo, empieza a germinar otra idea: la de trasladar el saber de la competición a coches capaces de convivir con la carretera diaria. Ahí nace uno de los pilares de Maserati: el gran turismo entendido como velocidad utilizable, como potencia que puede llevarte lejos sin agotarte, como un coche que te acompaña en un viaje largo con un pulso constante y refinado.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Maserati abre una etapa decisiva en su relación con el cliente: ya no se trata solo de ganar carreras, sino de construir coches para ser vividos. En 1947 llega el A6 1500, considerado el primer Maserati de producción orientado a la carretera. En su tiempo, era un puente entre dos mundos: tenía el ADN de la competición, pero empezaba a hablar el idioma de la elegancia y del confort italiano. Conducir un gran turismo de esa filosofía implica algo muy concreto: poder mantener cruceros altos con sensación de reserva, con el motor respirando sin esfuerzo, y con una carrocería que no solo corta el aire, sino que también produce una presencia serena.
En los años cincuenta, Maserati refuerza su mito deportivo con monoplazas y sport prototipos, y culmina con el Campeonato del Mundo de Fórmula 1 de 1957, conquistado por Juan Manuel Fangio al volante del Maserati 250F. El 250F no es solo uno de los grandes nombres de la competición; es una declaración de principios sobre equilibrio y respuesta. Aunque los coches actuales sean otra cosa, el recuerdo del 250F sigue influyendo en la manera en que la marca busca que el coche “gire” alrededor del conductor: pedales alineados para dosificar, dirección con peso, una entrega de potencia que se puede modular, no simplemente activar.
Sin embargo, 1957 también marca una retirada oficial de la competición como equipo de fábrica tras el trágico accidente en la Mille Miglia de ese año, un hecho que sacudió a toda la industria. Maserati no abandona el rendimiento; lo reencauza. La energía que antes se volcaba en correr se concentra en fabricar gran turismos con carácter, capaces de dar placer a alta velocidad en carreteras abiertas. Ese cambio se traduce en coches donde la estabilidad a ritmo alto y la calidad de rodadura pasan a ser parte del rendimiento. La conducción deja de ser un combate continuo y se convierte en una conversación fluida: el coche te sostiene, te acompaña, te permite apurar sin sentir que todo pende de un hilo.
En los años sesenta, Maserati construye una imagen de lujo deportivo con modelos emblemáticos y colaboraciones con carroceros italianos. Aparece el Maserati 3500 GT a finales de los cincuenta y se consolida durante los sesenta como uno de los grandes turismos que definieron la idea de viajar rápido con estilo. Después llegan piezas de culto como el Mistral, el Sebring y, sobre todo, el Quattroporte (1963), que prácticamente inventa un concepto moderno: una berlina de cuatro puertas con prestaciones de coche deportivo y refinamiento de salón. Este punto es fundamental para entender Maserati hoy. En un Quattroporte la velocidad no se exhibe; se utiliza. A nivel sensorial, es la posibilidad de escuchar un motor con timbre noble mientras el habitáculo permanece en calma, de sentir cómo el coche se estira en autopista con una estabilidad que parece alargar los kilómetros, y de entrar en una carretera secundaria con un tamaño generoso que, sin embargo, se deja colocar con precisión.
La marca también se atreve con propuestas de motor central y diseños que miran al futuro. El Bora (1971) es un hito: un Maserati de motor central V8 que mezcla velocidad con un enfoque más moderno de chasis y aerodinámica. Esa arquitectura cambia la forma en que el coche habla al conductor: el peso detrás empuja de otra manera, el giro se siente más directo, el coche reacciona con un punto más de inmediatez. Y, aun así, Maserati intenta mantener su sello: que el rendimiento no sea áspero, que el lujo no se desconecte de la conducción.
La década de los setenta trae turbulencias. En 1968 Maserati pasa a control de Citroën, y esa alianza introduce soluciones técnicas avanzadas y un enfoque diferente, visible en modelos como el Citroën SM, que montó motores Maserati V6. El intercambio tecnológico dejó huella en la manera de concebir la sofisticación mecánica, aunque la crisis del petróleo y la situación financiera complican el camino. En 1975, tras el colapso de Citroën, Maserati entra en administración, y es rescatada con apoyo estatal y la llegada de Alejandro de Tomaso. Es un periodo de contrastes: la marca debe sobrevivir, adaptarse y volver a ser deseable. Esa necesidad de reinventarse se nota en su producto: coches más accesibles dentro del lujo, motores biturbo que ofrecían potencia en formatos compactos, y una personalidad marcada por una entrega de par contundente. El turbo, bien afinado, cambia la sensación: el empuje aparece con una oleada, te empuja la espalda, exige tacto con el acelerador, invita a anticipar. Es una conducción más emocional, más física, que pedía manos y sensibilidad.
En los ochenta y noventa, la familia Biturbo se convierte en una era en sí misma. Con variantes coupé, berlina y cabrio, Maserati busca volumen sin renunciar a un carácter italiano marcado: interiores con cuero y madera, y motores que, por concepto, querían que el conductor sintiera una reserva de fuerza disponible con solo insinuar el pie derecho. No fueron años perfectos en términos de consistencia industrial, pero sí construyeron una relación muy particular con el entusiasta: Maserati como coche con alma, con un punto de temperamento, de esos que se recuerdan por cómo vibran, por cómo suenan, por lo que te exigen a cambio de lo que te entregan.
El gran giro industrial llega cuando el grupo FIAT toma el control en 1993, y más tarde, en 1997, Ferrari asume la gestión. Esa etapa impulsa una mejora decisiva en calidad, desarrollo y coherencia de gama. En 1998 nace el 3200 GT, un coupé que devuelve a Maserati al deseo global con diseño italiano y un carácter muy marcado, recordado por sus pilotos traseros con forma de boomerang. Conducirlo es reencontrarse con un gran turismo que no pretende ser clínico: ofrece una aceleración con personalidad, un sonido que acompaña y una puesta a punto que busca combinar estabilidad con cierta elasticidad dinámica, como si el coche respirara con el firme.
Ya en los 2000, Maserati construye una familia moderna alrededor de dos nombres clave: GranTurismo y Quattroporte. El Quattroporte de 2003, con enfoque deportivo y elegante, refuerza la idea de la berlina de altas prestaciones con presencia y sensibilidad italiana. Y el GranTurismo (2007) se convierte en uno de los iconos contemporáneos de la marca: largo, bajo, con una postura de gran viajero rápido. En un GranTurismo la experiencia es muy concreta: el motor V8 —en sus versiones atmosféricas de la época— entrega potencia con progresividad y un sonido lleno, redondo, que acompaña el aumento de velocidad como una banda sonora mecánica, mientras la carrocería mantiene un aplomo que invita a recorrer grandes distancias con una cadencia casi ritual.
Maserati también refuerza su vínculo con la competición a través de programas para clientes, como el MC12 en 2004, basado en tecnología de alto nivel y desarrollado para correr en GT. El MC12 es una muestra de lo que la marca puede hacer cuando prioriza la pista: aerodinámica efectiva, chasis preparado para trabajar a alta carga y una respuesta pensada para tiempos por vuelta. Ese conocimiento, aunque no siempre sea visible, acaba filtrándose en sensaciones de dirección, en cómo frena un coche pesado sin perder compostura, en cómo la suspensión controla la carrocería cuando el ritmo sube.
En la década de 2010, Maserati vive una expansión de gama con modelos como Ghibli y Levante, con el objetivo de competir en segmentos más amplios del lujo. El Ghibli recupera un nombre histórico para ofrecer una berlina más compacta y dinámica, mientras que el Levante introduce a Maserati en el mundo SUV sin renunciar del todo a una puesta a punto orientada al conductor. La clave aquí no es el tipo de carrocería, sino el intento de preservar una cualidad: que el coche no se sienta anestesiado. Incluso en formatos más altos y pesados, Maserati busca que haya respuesta, que el eje delantero no vaya desconectado, que el acelerador tenga un tacto que invite a conducir, no solo a desplazarse.
El presente de Maserati está marcado por una transición tecnológica inevitable: la electrificación. La marca adopta el nombre Folgore para sus modelos eléctricos, y con ello entra en un territorio donde el rendimiento cambia de textura. Un eléctrico no “sube de vueltas” como un V8; entrega el par de forma inmediata, casi instantánea. Eso transforma la sensación de aceleración: es un empuje continuo desde cero, una forma de velocidad más silenciosa, más densa, que comprime el tiempo entre decisión y movimiento. El reto para Maserati —y su oportunidad— es conservar su identidad emocional en un mundo donde el sonido ya no es el mismo y donde la experiencia debe apoyarse en otros pilares: la calibración del pedal, la respuesta del chasis, el equilibrio en curva, la calidad del aislamiento sin perder comunicación, y el diseño como parte del deseo.
Aun con los cambios de propiedad y de época, Maserati mantiene un hilo conductor reconocible: su idea del coche como objeto de placer adulto, de rendimiento con elegancia, de potencia que se administra con gusto. La historia de la marca no es la de una línea recta sin sobresaltos; es una historia italiana, hecha de ambición, crisis, resurgimientos y decisiones valientes. Y eso también se siente conduciendo: un Maserati siempre ha querido decir algo. No necesariamente gritarlo, pero sí dejarlo claro en el volante, en el modo en que el coche acelera con un punto de teatralidad controlada, en cómo viaja rápido sin volverse frío, en cómo combina cuero, diseño y mecánica para que cada trayecto —corto o largo— tenga una textura distinta a la de un coche puramente racional. Esa es, al final, la esencia de Maserati: convertir la ingeniería en una experiencia que no se limita a funcionar, sino que acompaña al conductor con carácter.
Autor
Enric Jané Studio
Proyecto
Catálogo de coches
20/02/2026
20/09/2026